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El Hombre ante sí mismo. V.J. Wukmir, 1964.

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PRIMER LIBRO

LOS CUATRO FACTORES DEL COMPORTAMIENTO Y EL AUTOCONOCIMIENTO

PRIMERA PARTE

EN TORNO A LA DEFINICIÓN DEL SENTIR

 

BREVE RESUMEN DE LA TEORÍA ORÉCTICA DE LA EMOCIÓN

1

«La reacción del reflejo no puede realmente ser comprensible al fisiólogo hasta que éste no conozca su propósito».
SHERRINGTON

Es interesante y característico el hecho de que un fenómeno central de la vida interior del hombre, la emoción, no haya sido debidamente definido en la endoantropología moderna. Es paradójica esta tardía arribada científica a lo afectivo en nosotros a pesar del conocimiento de sentido común, asequible a todos, de que el ser humano se orienta en la vida por sus emociones y sentimientos, por su sentir subjetivo y no por la razón. Aunque hemos llegado a escribirlo en ciertas épocas con mayúsculas y a asignarle el trono de valor máximo, evidentemente la Razón ha sido siempre reducida a un papel secundario desde el punto de vista biológico. A pesar de muchos libros y conceptos sobre la emoción (Vives, Descartes, Hobbes, Spinoza, Pascal, Hume, Kierkegaard, Spencer, Wundt, Ribot, Dilthey, James, Lange, McDougal, Janet, Monakow, Le Bon, Dumas, Freud, Shand, McKinney, Pavlov, English, Ferenczi, Alexander, Scheler, Jung, Adler, Cannon, Marañón, Dunbar, Claparède, Pradines, Boutonnier, Smirnov, Blagonadezhina, López Ibor, Rof Carballo, etc.), estamos lejos de haber aceptado una base segura para la interpretación de este fenómeno —o evento— tan importante.

Casi podríamos decir que ninguna de las nociones con las que operan la psicología y la fisiología es más contradictoria y confusa que la de la emoción. Los autores remotos y los filósofos aún pueden ser perdonados por tales omisiones, por razones que enumeraremos más adelante. Pero es difícil disculpar la poca atención que han prestado a esta noción central de la orientación los psicólogos de la época de la «Tiefenpsychologie». Así, si Hume o Le Bon se contentan con decir que la emoción es una «motivación sui generis»; o si James intenta una formulación fisiológica vaga, aseverando que es «una transmisión cinestésica o propioceptiva de reacciones sensoriomotoras» (Lange dice visceromotoras), nuestra insatisfacción puede culpar a la época. Pero muchos años más tarde se publican dos diccionarios, muy en uso aún en nuestro tiempo, que nos revelan que la perplejidad ante esta noción no ha cedido. Es preciso citar estos textos para que el lector pueda juzgar el estado del problema. B. English, en su «A Students Dictionary of Psychological Terms» (1934, traducción castellana 1952), al llegar a nuestra noción, confiesa modestamente que es «imposible en la actualidad buscar la característica común» de aquélla, e invocando a Th. Young reza que la emoción «es un disturbio o alteración aguda del individuo que se revela en la conducta y en la experiencia consciente, así como en amplios cambios del funcionalismo visceral (músculos lisos, glándulas, corazón y pulmones) y es iniciada por factores incluidos en una situación psicológica». Este diccionario acentúa, pues, uno de los errores fundamentales en el enjuiciamiento de este término, tachando a la noción general de la emoción de «disturbio y alteración aguda», excluyendo que la emoción puede ser algo que no es ni disturbio ni alteración aguda, es decir, algo desagradable, sino que también puede ser la cosa más agradable del mundo, como por ejemplo, la emoción del amor o la emoción religiosa. Esta tendencia patologizante prevalece en varios autores y se mantiene aún — signo tajante del racionalismo griego y europeo. También Kant —por no citar a Séneca y otros semejantes— salió con el disparate de que «los afectos son enfermedades mentales»; Claparède definió, a su vez, la emoción como un «extravío de la conducta»; y Freud dijo que es «agitación somatopsíquica para la liberación de las tendencias inconscientes, previamente reprimidas». ¡Como si no existieran emociones no reprimidas previamente o como si la emoción naciera tan sólo para indicar o compensar la reprimida! A lo que Kantor y otros añaden que la emoción se debe tan sólo al fracaso de un acto instintivo, a la frustración previa. Para colmar este concepto patologizante viene un gran psicólogo, Janet, y para sorpresa nuestra, se une a él. Cito textualmente un párrafo de sus «Médications psychologiques, I»: «Hay circunstancias a las que el individuo no está adaptado por su organización anterior y a las que no puede adaptarse actualmente por razones de cualquier índole a pesar de que percibe las circunstancias y siente la necesidad de reaccionar. En estos casos se observa, en lugar de reacciones útiles, un conjunto de disturbios que se manifiestan en estas condiciones que yo propongo designar con la palabra emoción.» ¡Un gran médico obcecado por la psicología de la clínica, generalizando lo patológico y definiendo lo normal con lo anormal!

Ante la confusión de los mejores, a Warren no le queda otro remedio que citar en su Diccionario nada menos que ocho definiciones de esta noción. No nos parece superfluo citarlas todas:

1) «Experiencia o estado psíquico acompañado de un grado muy fuerte de sentimiento y casi siempre de una expresión motora, a menudo muy intensa». Esta definición es característica porque dice que la emoción va acompañada de sentimiento, cosa que nos deja completamente perplejos, ya que implica la necesidad de distinguir cualitativamente entre la emoción y el sentimiento, lo que presta un gran misterio al asunto, sobre todo si no se define el sentimiento. La raíz de tal paradoja tendrá su efecto también en el voluminoso libro de Dunbar en el que encontraremos algo semejante: las emociones son para este autor dualista «expresiones corpóreas de los sentimientos (feelings)», pero sin determinar lo que son los «feelings».

2) La segunda definición citada por Warren es la siguiente: «Estado de conciencia total que comprende un tono afectivo distintivo y una tendencia activa característica». La emoción, si es «estado de conciencia total», apenas deja sitio para que tengamos también emociones, o parte de ellas, subconscientes, o que no haya emociones subconscientes, .o fenómenos, como la excitación, idénticas a los emocionales. Surge la palabra «tono afectivo», una palabra necesaria, pero que, en esta definición sumaria, clama al cielo para ser mejor definida.

3) «Actividad no discriminadora, o en masa, suscitada por situaciones sociales, percibidas o representadas en idea; es decir, reacciones totales del organismo en las que una gran porción de la experiencia se compone de elementos viscerales o somáticos.» Otra palabra que nos sobra, y es la de «reacción total del organismo». Cada emoción lo es. Solamente tendríamos que saber cuál es el estado en el que el organismo no reacciona totalmente.

4) «Totalidad de la experiencia durante cualquier período en que tienen lugar cambios corporales muy marcados de sentimiento, sorpresa o trastorno.» Se repite el caso: sabemos lo que es la emoción sólo cuando nos trastornamos, nos sorprendemos o tenemos sentimientos, suponiendo que nuestro pobre cuerpo también tome parte en estos embrollos.

5) «Expresión dinámica de los instintos que pueden emanar de fuentes conscientes e inconscientes». Aquí se identifica el instinto y la emoción, lo que nos capacitaría para prescindir de una u otra de estas nociones. Esto es simplemente absurdo.

6) Para cubrir la siguiente definición, el diccionario cita el nombre de McDougall y dice: «Concomitante consciente de los impulsos instintivos en plena acción». (Hemos tratado en la POV sobre la teoría de McDougall, que a unos siete instintos atribuye siete estados emocionales básicos. Creemos haber demostrado suficientemente el error que contiene.)

7) «Predisposición innata sumamente compleja, en la que los instintos se hallan organizados como otras tantas predisposiciones sensoriomotoras para movimientos corporales determinados (Shand)». Es verdad que la emoción es una cosa sumamente compleja, pero al menos tendríamos que decir cuáles son los «otros tantos» factores que parecen componerla.

8) La octava definición citada es de Drever, incompleta. La expondremos después en su forma íntegra.

Si reunimos todo lo que es acertado en estas ocho definiciones, no llegamos a decir lo que es la emoción; ni si el sentimiento y el afecto son cosas distintas cualitativamente de ella; ni cuáles son los factores de los que se componen todos los fenómenos emocionales (afectivos, los del sentir); ni cuáles son los criterios que nos hacen posible diferenciar la enorme cantidad de varias emociones que podemos experimentar.

Y ¿cuál es el resumen de la última década de las investigaciones en esta dirección?

Escogemos para nuestra consulta los dos diccionarios más modernos de psicología. Uno de ellos es el de J. Drever.

Dice J. Drever: «Emoción == diferentemente descrita y explicada por los psicólogos, pero todos están de acuerdo en que es un estado complejo del organismo, envolviendo cambios corpóreos de carácter extenso —en la respiración, pulso, secreción glandular, etc.— y, en la parte mental, un estado de excitación o perturbación, marcado por fuerte sentimiento (feeling), siendo usualmente un impulso hacia una forma definida de comportamiento». (A Dictionary of Psychology, Londres, 1952.) ¡Un estado complejo del organismo! ¡Como si existiera un estado del organismo que no fuera complejo! ¡Un estado de «excitación o perturbación»! Si miramos lo que significa «excitación», el mismo diccionario nos dice que es una «respuesta a la estimulación». Es verdad que Drever emplea dos términos, uno de excitation y otro de excitement. A este último da el significado de la «parte subjetiva de la excitación». Si aceptamos esta definición de la excitación tenemos que admitir que todo es emoción en nuestro organismo, ya que éste vive tan sólo de las respuestas a la estimulación, a lo cual nuestra teoría oréctica tendría poco que objetar, como se verá más tarde. Pero al parecer Drever quiere indicar una excitación especial que bien puede llegar a la «perturbación», a la que define como «estado emocional estorbado («disturbed») y desagradable, usualmente con alguna confusión mental». Es el viejo y lamentable error patologizante que vuelve también aquí: la emoción considerada como algo desagradable y sólo como tal. Este prejuicio, tan arraigado en los conceptos occidentales y sobre todo anglosajones, probablemente viene del racionalismo en abuso, ya que las emociones agradables caen en mayor medida bajo el dominio del selfcontrol de los hombres fuertes. Emocionarse es emocionarse desagradablemente, dice este selfcontrol, caer en sentimentalismos, enfadarse, tener miedo u odiar o despreciar; en una palabra, mostrar debilidad. En resumen, comportarse como no deben comportarse los dueños del mundo, hombres de tipo superior. Y, para quedar dentro del mar-^o de tal racionalismo, también este excelente autor expresa la idea de la época, la de que este estado es marcado por «fuerte sentimiento» (feeling). Y el mismo «feeling» es, según otra página del diccionario, «un término general para el aspecto afectivo de la experiencia, es decir, la experiencia del placer y su contrapartida, interés, y cosas semejantes, usualmente con inclusión de la experiencia emocional». «Feeling» es, pues, un término general para el aspecto afectivo de la experiencia e incluye la experiencia emocional. Esta, a su vez, es marcada por «feeling». Es una definición en la cual «A» es definido por «A», método que la lógica suele rechazar. Pero ¿puede, a lo mejor, el término «afecto» darnos una aclaración? Afecto: «en su uso moderno cualquier clase de sentimiento (feeling) o emoción». Y, por fin, el término inglés «sentiment» es definido como una «disposición emocional». Menudo embrollo, del cual podemos salvar al lector perplejo tan sólo si nos contentamos con la única conclusión general que de todo ello se desprende. Y ésta es que todas estas categorías y términos de uso común, excepto la perturbación, abarcan esencialmente el mismo fenómeno biológico del acontecer interior. O sea, que entre emoción, afecto, sentimiento, sentir, excitación, no hay diferencia biológica cualitativa, lo que precisamente vamos a intentar demostrar en este resumen de nuestra teoría oréctica. Naturalmente, Drever es también partidario del dualismo, distinguiendo entre cambios «corpóreos» y la parte «mental». En la POV hemos refutado la aceptación de tal concepto y no volveremos a hablar de ello en este punto.

Los mismos problemas presentan las definiciones que de estas nociones nos da el diccionario aún más reciente de H. Piéron. «Emoción == esta palabra del lenguaje común se aplica en psicología a una reacción afectiva de bastante intensidad, dependiente de los centros diencefálicos, comprendiendo normalmente manifestaciones de orden vegetativo». (Vocabulaire de la Psychologie. París, 1957.) Otra vez la emoción es una «reacción afectiva», como si lo emocional y lo afectivo no fueran, biológicamente, lo mismo. «A» definido por «A».

Piéron añade en su definición una clasificación de emociones fundamentales. Estas son, fuera de la emoción-shock, la alegría y la pena (dolor), el miedo, el amor y el disgusto. El afecto lo define como «estado afectivo elemental evolucionando entre los dos polos del placer-displacer o agradable-desagradable, entre los cuales se puede situar un afecto». Y si estamos interesados en ver lo que es el placer, nos remite con una sola palabra al afecto, mientras que sobre el «sentiment», identificándolo con el inglés «feeling», dice que es un «estado afectivo indeterminado, provocando o no un estado de necesidad». Más indeterminada ya no puede ser una definición.

Estamos lejos de despreciar las dificultades que nos impone esta noción. Y tampoco queremos menospreciar los concienzudos esfuerzos con los que estos excelentes psicólogos, y otros tantos, han intentado resolver el enigma. Nuestra actitud crítica proviene más bien del afán de demostrar que así no podemos seguir adelante y que tenemos que intentar descomponer todos estos fenómenos o, mejor dicho, el mismo proceso de lo emocional en el organismo, en sus elementos básicos. Este es el deber de todos los que empiezan a entrever que la emoción es el proceso fundamental de la orientación vital del hombre (y de los animales), y con esto el punto clave de la motivación de todos sus actos, y de su perfecta comprensión. La POV está en el signo de tal aclaración y los interesados en este problema podrán encontrar allí muchos pormenores de nuestra teoría. Este breve resumen, con todos los riesgos que los extractos pueden causar, sirve tan sólo para los que no conozcan aquel ensayo nuestro. En este sitio podríamos quizá resumir también las causas generales que han conducido a las lagunas que evidentemente se presentan con tales insuficiencias en el estado actual de nuestra ciencia. Creemos que estas causas generales han de ser atribuidas principalmente a los siguientes puntos de partida:

1) el impacto racionalista de la filosofía griega y escolástica;
2) la tardía llegada de la biología a la ciencia;
3) el concepto dualista «cuerpo-alma»;
4) la exteriorización de la civilización del hombre blanco;
5) la idea del «self-control» traída desde la política a la pedagogía;
6) la proscripción de la instrospección por lo experimental en la ciencia.

Por suerte, la medicina moderna tuvo que admitir que el hombre se rige en su orientación vital por las emociones y que éstas influyen en su salud, y así hemos llegado a los conceptos de la medicina psicosomática. Como término dualista anticuado ya antes de nacer, este concepto saludable es lo bastante joven como para revolucionar la medicina, psicologizándola.

En este trabajo lo emocional tendrá su denominador general en el término orexis (oréctico, del griego oregw = acción de tender hacia), que se debe, si no me equivoco, a Aristóteles, y que se emplea, parcialmente, en la medicina (anorexia, disorexia) y también, en un sentido restrictivo, en la psicología (Spearman). Nosotros, en cambio, le damos un sentido muy amplio. Bajo su título encuadramos todos los fenómenos afectivos conscientes; emociones y sentimientos (como amor, odio, envidia, emociones éticas, estéticas, religiosas, etc.); las emociones de la autovaloración (como vanidad, orgullo, moderación, etc.); las para emociones (como atención, espera, simpatía, antipatía, etc.); las emociones del tonus (timus) reactivo (como placer-displacer, pena-alegría, etc.). Aquí pertenecen también las llamadas sensaciones afectivas o sensaciones tout court, en una palabra, todo el sentir subjetivo consciente. Al lado de éste extendemos nuestro concepto de la orexis también a los eventos subconscientes, a la afectividad subconsciente, suponiendo, con una hipótesis que creemos aceptable, que entre la «megaorexis» de nuestro amor, por ejemplo, y la «microorexis» de la célula que se excita no hay diferencia biológica cualitativa.

2

A este concepto radicalmente unitario he llegado por la vía «heterodoxa» de introspección, analizando en la POV los factores presentes en todos los fenómenos afectivos, orécticos. Entre éstos encontré el factor exógeno de circunstancias (ambiente cósmico y social, environment, Umweit, epiekon), al que abrevio con la letra C (del latín circumstantiae.) Otro factor es el de las necesidades manifestadas del organismo (need, besoin, Bedürfnis), siempre subjetivas e individuales, cuya medida está determinada por el coeficiente ontogenético dentro de lo genérico (Ho = herencia ontogenética); por la memoria individualizada (M); y por aquella larga serie de balances (B) homeostásicos o dinastásicos, temperamentales y del orden de ideas, que constituyen el dinamismo de los equilibrios-desequilibrios por los que se manifiestan nuestras necesidades, y que se resumen bajo el factor ego (E).

Después existe un tercer factor, compuesto de energías innatas y heredadas, que permiten la validación de las necesidades induciendo el organismo al comportamiento adecuado con el propósito (Sherrington) de satisfacerlas. Estos son los instintos (I). Por fin, en cada orexis se manifiesta un cuarto factor, la estructura de los mecanismos acabados, típica del género, que en su totalidad define la forma del organismo y de sus partes. A este factor lo llamo herencia filogenética (Hf).

Según mi hipótesis, no hay sentir, no hay orexis en que estos cuatro factores (I, C, E, Hf) no colaboren, no se integren, en cualquier nivel o grado del organismo. Su integración dinámica determina la orientación vital, tanto la del organismo total como la de la célula. La finalidad biósica de la orexis es la de conducirnos al comportamiento con el que se mantiene y desarrolla la forma del organismo, cuando nuestra conducta es adecuada, es decir, cuando está conforme con la utilidad vital del sobrevivir.

Cada uno puede comprobar con un poco de introspección la presencia de estos factores en cualquiera de nuestras emociones. Para componer la emoción del miedo, odio, amor o compasión, la presencia del factor C es indispensable. Tenemos miedo al rayo, que es un factor C cósmico (Ce); o al padre, o a la ley, que son circunstancias sociales (Cs); odiamos al enemigo, amamos a nuestra mujer, tenemos compasión de los que sufren (Cs). Estos estímulos exógenos tienen que caer en un receptor, que pertenece a la estructura (Hf), y, al presentarse allí, algo tenemos que hacer con él, ya que al caer en el receptor ha provocado en éste un cambio, desequilibrando la constelación de la célula y creando una nueva necesidad (E) de convertir este desequilibrio otra vez en equilibrio, elaborando el estímulo adecuadamente. Para esto se necesita la intervención de los instintos (I), que nos dirigirán hacia un comportamiento adecuado, muy diferente según que la integración se haga a través de una emoción de amor, odio, miedo, compasión u otras. No encontraremos ninguna emoción, ningún sentimiento en los que, con un poco de atención, no podamos autoanalizar la presencia de estos cuatro factores básicos.

En este punto hay que hacer hincapié en la confusión que a veces reina en la psicología por no diferenciarse con debida claridad las nociones del instinto y del ego (para los que vamos a dar más adelante nuestras definiciones). El hambre, la sed y millares de otros desequilibrios en el organismo son manifestaciones del ego (necesidades). El buscar la comida, el extender la mano hacia el vaso, el inducir a la mujer al acto procreador etcétera, son comportamientos instintivos, es decir, los que no podrían llevarse a cabo si no se hiciera la movilización adecuada de las sustancias que llamaremos instintinas. Estos dos factores son autónomos, disponen de propia estimulación y de funciones separadas. Y que están separadas lo demuestra el hecho de que muchas necesidades, aunque se presenten, no se satisfacen porque el instinto no ha podido validarlas.

De la presencia de estos cuatro factores en cada proceso oréctico se desprende que todos los procesos afectivos pueden analizarse a base de la constelación I, C, E, Hf. Para dar aquí una idea de tal esbozo diferencial que hemos seguido con más detalles en la POV, diremos que, por ejemplo, en el miedo el factor C es amenazador, imperativo, inevitable y desproporcionado con nuestras defensas, mientras que en el amor este mismo factor es prometedor, atractivo, protector y proporcionado. En el miedo o en el odio, el instinto (el querer vivir adecuadamente, afirmando la forma del organismo) es reprimido, mientras que en la compasión es libre de expansionarse. Este análisis diferencial puede seguirse con bastante seguridad también con los demás factores que componen la orexis.

Si aceptamos la fórmula I, C, E, Hf y la integración dinámica de estos factores para todos los procesos afectivos, llegamos al tajante dicho de Goethe: Gefühl ist alies. (La emoción lo es todo.) O a aquella conclusión intuitiva de Spencer que dice: «Si comprendiésemos bien que las emociones son los dueños y el intelecto servidor, se aclararía que poco puede remediarse mejorando al servidor mientras los dueños siguen sin mejorar.»

Sin desviarnos hacia estas implicaciones socio-pedagógicas, subrayaremos otra consecuencia de nuestra teoría unitaria: pensamos que lo que ocurre en las emociones conscientemente controlables debe ocurrir también en los procesos afectivos subconscientes. Allí también se necesita la presencia de los cuatro factores básicos para que se produzca el equivalente subconsciente de la emoción: la excitación. Von Monakow supuso emoción en la célula [2]; «... un germen interior de emoción que como mínimo encuentra su expresión en la voluntad primitiva. Yo atribuiría a toda célula una primigenia calidad de autorreflexión, equivalente al sentir de la presión y al sufrimiento».

Siguiendo muy de cerca la idea inspiradora de este gran fisiólogo, nos aventuramos hacia una conclusión adicional de esta lógica, enseñada por la biología y la neuroquímica: si el sentir consciente y subconsciente depende de la presencia y de la debida integración de los cuatro factores, el proceso continuo de la orientación vital, en todos los niveles y grados del organismo, desde la célula hasta el acto más compuesto de todo el organismo, se llevaría a cabo mediante las unidades orécticas I, C, E, Hf, que por nuestra cuenta llamaremos orectones. El paso siguiente en la línea de estas premisas sería la conclusión de que el estímulo en el organismo no se propaga a base de conductos mecánicos electroquímicos, sino siempre mediante su elaboración sucesiva de un orectón a otro, tanto en el receptor y en las sinapsis como en la distribución central o en los músculos del acto consumatorio. En un orectón I, C, E, Hf se produce un resultado de la propagación de su nivel y grado, y es este resultado el que puede propagarse a un nivel superior. Es la debida presión de estos resultados orécticos que elabora las subsensaciones subconscientes y que en su acumulación puede llegar a ser una presión suficiente para convertirse en la urgencia de concienciación y producir sensaciones conscientes. Aun sin pensar en «quantas» biológicos, los orectones se presentan en sus respectivos niveles como pequeñas «microfábricas» de la vida, cualitativamente iguales por la primera materia de los cuatro factores.

En esta visión, el acontecer interior es concebido ya no como interacción mecánica de las células, sino como manifestación funcional de millones de unidades dinámicas llamadas orectones. Son las unidades orécticas en las que la variancia continua de los cambios tiene lugar en una forma que constituye su invariancia momentánea. Mientras los factores puedan variar en intensidad y no estén estorbados en elaborar la orexis, el organismo es normal y vivo.

Si esta hipótesis es correcta, como nosotros creemos, el concepto unitario del organismo estaría comprobado una vez más, y no nos sería tan difícil como hasta ahora liberamos del dualismo y del trialismo. Y no tendríamos que aducir otros argumentos para creer con seguridad en que lo «afectivo» (oréctico) y lo «orgánico» (estructural) no se pueden separar, ya que lo orgánico se manifiesta tan sólo a través de lo afectivo, ideado en nuestro sentido amplio, y siempre en presencia de los cuatro factores básicos.

«Amor, odio y fermentación son de manera igual signos de vida», dice tajantemente el bioquímico Szentgyorgyi (7), desconociendo nuestra teoría oréctica.

La orientación vital del organismo se rige mediante la valoración (V) sobre la utilidad vital del estímulo (S) y del acto futuro del comportamiento (reacción R). Esta valoración (V), que cabe entre la llegada del estímulo y el acto consumatorio, requiere esfuerzo y tensión hacia la mejor afirmación del organismo, hacia su optimum, requiere una cierta dosis de patior. Esta palabra no debe ser interpretada como una contaminación filosófica de nuestros conceptos; al contrario, tiene aquí un sentido puramente biológico. El organismo, tendiendo hacia el optimum de su forma hereditaria, es capaz de un margen de valoración entre las posibles o probables consecuencias de sus actos, ejecutados siempre entre los dos polos del patior más o menos grande (el preferendum). Este margen de valoración es pequeño o inmanente al nivel del tropismo reflejo, y más grande al nivel de los tropismos extensos de nuestras emociones conscientes. (El tropismo lo consideramos como esquema general de la orientación vital, consistiendo en el estímulo-valoración-reacción (SVR). Este concepto nuestro es más amplio que el de Loeb o de Viaud.)

Ninguna integración oréctica, incluso la más rápida, tiene lugar sin un cierto grado de tensión y esfuerzo hacia el optimum, es decir, sin patior. Por esto, rechazando el cartesiano Cogito, ergo sum, lo hemos sustituido por el biológico del Patior, ergo sum, extendiéndolo a la totalidad de las funciones del organismo. La fisiología nos enseña que el principio del «todo o nada» —es decir, de la valoración reducida por la evolución total de los dispositivos de la estructura— tiene realmente poco empleo en el organismo, y que se puede aplicar tan sólo a ciertas fibras nerviosas aisladas. Un nervio ya demuestra signos de márgenes de valoración en cuanto a la duración y a la intensidad de la estimulación, obedeciendo al principio del «más o menos», del preferendum. Bien ilustra este problema Valdecasas (20) refiriéndose a la transmisión postsináptica del estímulo, subrayando que «el potencial postsináptico puede ser continuo y graduable». Y donde hay «graduable», hay «más o menos», valoración y, consecuentemente, posibilidad de orientación electiva, preferencial.

El dinamismo emocional proviene del esfuerzo y de la tensión que empleamos en el curso de la valoración sobre la utilidad vital del estímulo y de la reacción posible entre las influencias de los cuatro factores básicos. Su integración es dinámica por valorativa. En la angustia como en el amor estamos emocionados porque valoramos nuestro optimum y nuestro preferendum.

Vivimos mientras podemos valorar. Y siempre, cuando valoramos, la orexis está presente. Consciente o subconscientemente.

3

Sin embargo, para aceptar la teoría integrativa de los factores I, C, E, Hf es preciso definir, con más exactitud que hasta ahora, los cuatro factores. [1]

 
I. Los factores de la orientación vital del organismo son: los instintos (I); las circunstancias cósmicas y sociales (C); el ego (E); y la estructura de los dispositivos, la herencia filogenética (Hf).
II. Cada factor influye en cada factor con estímulos propios, integrándose en el proceso de la orientación vital, la orexia.
III. La integración se lleva a cabo en el proceso afectivo, oréctico, en todos los niveles y grados del organismo, subconscientes y conscientes. La unidad de esta integración es el orecton (o).

El instinto (I) es aún motivo de bastantes discusiones, que tratamos en un capítulo separado (véase La teoría oréctica y los conceptos modernos sobre el instinto), manteniendo nuestra definición dada en la POV:

«El instinto es energía biósica, transmitida por los antepasados a los venideros, innata en el organismo, manifestándose como inductora al comportamiento adecuado del sobrevivir típico de la especie, determinando al mismo tiempo los fines calificados del individuo». En esto coincido en grandes líneas con los conceptos de Grassé, Pièron, Tinbergen, Lorenz, von Frisch, Benoit, Gesell, Koehler, Haldane (15).

¿Instinto-energía? Sí, pero ¿qué clase de energías son éstas? Ya es hora de salir de las indicaciones verbales y expresarnos, si nos es posible, en términos químicos para aprehenderlas de cerca. J. B. S. Haldane me escribe en una carta que prefiere emplear el término «sustancias excitantes» en vez de «energía». Pero no tenemos un equivalente biológico para la palabra «energía», y por otra parte, la terminología corriente acepta también el término «energías químicas». Actualmente, la teoría de la conducción eléctrica de los estímulos ha retrocedido un poco ante el impacto de las teorías de las transmisiones químicas —Feldberg (3), Eccles (18), Nachmansohn (11), Pfeiffer (21), Valdecasas (20), etc.—, aunque otros intentan otra vez construir un puente entre las teorías eléctricas y químicas, lo que parece justificado.

¿Existen, pues, estas sustancias cuyo papel específico en el organismo sería la inducción al comportamiento, y sin las cuales las necesidades egotinas no pueden satisfacerse? ¿Existen las instintinas? ¿Sustancias cuyo bloqueo funcional provoca inevitablemente una parálisis o un desorden en la orientación vital que torna imposible un comportamiento adecuado?

Parece que el estado actual de la neuroquímica permite una respuesta positiva. Con toda precaución y la debida reserva creo que son las siguientes sustancias, las cuales, por el papel en el sistema nervioso, el de la inducción al comportamiento, pueden ya examinarse desde el enfoque «instinto»: la acetilcolina, la noradrenalina, la adrenalina, quizá la serotonina, el ácido gama-aminobutírico (GABA). Y se prestan a esta clase de axiología también otras sustancias, enzimas, vitaminas, hormonas y sobre todo el DNA y RNA, actualmente en vías de febril investigación genética (Ochoa) y ferromagnética (Blumenfeld). La más conocida entre ellas, la acetilcolina, podría quizá servimos aquí como ejemplo adecuado. ¿Qué es lo que sabemos grosso modo sobre ella como inductora del comportamiento celular y total?

La acetilcolina, y las enzimas especificas que la producen y destruyen, están presentes en cantidades considerables en el sistema nervioso central. Se supone que esta sustancia es transmisora del impulso nervioso en las sinapsis gangliónicas del sistema autónomo, en las fibras postgangliónicas parasimpáticas y en algunas simpáticas. Según la teoría de Nachmansohn, aun sin obtener esta aceptación general, la acetilcolina es responsable de la conducción de los impulsos a lo largo de las axonas de las fibras nerviosas. A. S. V. Burgen y F. C. Macintosh (11) piensan que es también activa en la transmisión de las sinapsis centrales.

En su brillante trabajo, Feldberg (3) dice: «La presencia de la acetilcolina y de la colinesterasa en los tejidos del sistema nervioso central, la aptitud de tales tejidos para sintetizar la acetilcolina y descargarla (release) bajo ciertas condiciones, los efectos centrales de ésta y de la eserina, nos dan una prueba tajante en favor de la teoría según la cual la transmisión a través de muchas sinapsis en el sendero central de las neuronas autónomas y motoras ocurre por la acción de la acetilcolina». Y en otro estudio, Feldberg (13) comunica que «la acetilcolina está presente en el sistema nervioso central, se descarga y sintetiza continuamente, que en cantidades pequeñas ejerce amplios efectos centrales y, lo que es aún más pertinente, que un número de sustancias químicamente bastante diferentes, que tienen con la acetilcolina un rasgo en común, el de inhibir la colinesterasa, producen efectos parecidos a esta sustancia».

También Eccles (18) subraya la evidencia experimental colinérgica de la transmisión sináptica en el sistema nervioso simpático, añadiendo que este papel puede demostrarse asimismo en el sistema parasimpático. Dicho autor cree que la acetilcolina no es sólo una transmisora exclusiva en las funciones neuromusculares, sino que es también la transmisora principal, quizás exclusiva, en las sinapsis gangliónicas. C. C. Pfeiffer (21) dice que el hipocampo y el hipotálamo contienen el máximo de la acetilcolina. Y C. O. Hebb (21) concluye que la «acetilcolina es todavía la única sustancia para la cual se puede establecer con bastante certidumbre que es una transmisora química central (aunque sólo una parte de las neuronas centrales son colinérgicas)».

En cuanto a las adrenérgicas, las recientes investigaciones sobre las catecolaminas (tirosina, dopa, dopamina, noradrenalina, adrenalina) arrojan bastante luz sobre esta clase de instintinas.

Más de medio siglo atrás, T. R. Elliot describió el efecto simpatomimético de la adrenalina como «... un mecanismo desarrollado desde la célula muscular como respuesta a su unión con la fibra simpática sinapsizante, cuya función es recibir y transformar el impulso nervioso».

Las catecolaminas se encuentran en la medula suprarrenal, pero también en los nervios del sistema simpático y en el cerebro. Los nervios adrenérgicos, según Gaddum, contienen noradrenalina, dopamina y vestigios de adrenalina. El sistema nervioso central contiene pocas cantidades de adrenalina, y más de noradrenalina, asociada con la activación de los nervios simpáticos, y de dopamina asociada con los centros extrapiramidales.

La investigación actual considera ya la noradrenalina y la adrenalina como transmisoras del impulso nervioso. Este hecho es importante para nuestro concepto sobre el papel de las instintinas. Según Schürmann (22), la adrenalina actúa principalmente como hormona, mientras que la noradrenalina, además de este papel de hormona, tiene el de potente transmisora nerviosa y también mediadora en la formación de la adrenalina. La dopamina, que también se encuentra en los tejidos de los mamales, es precursora de las dos, siendo la secuencia de las catecolaminas la siguiente: tirosina-dopa-dopamina-noradrenalina-adrenalina.

Los núcleos del corpus striatum contienen principalmente dopamina; el hipotálamo y otras partes del tronco cerebral, noradrenalina. Queda aún por establecer si la dopamina debe ser considerada tan sólo como precursora de la noradrenalina o tiene su propio papel funcional en la inducción, dado el hecho de que en algunos tejidos la dopamina llega al 95 por 100 del total de catecolaminas. Según G. L. Brown (22), los finales de los nervios liberan noradrenalina. Esta liberación depende de la frecuencia de la estimulación del nervio y del estado previo del final.

La discusión sobre los receptores químicos, que está desarrollándose entre los neuroquímicos, elucidará probablemente el mecanismo recepción-elaboración-inducción al comportamiento de los estímulos, y el papel íntimo de las instintinas. Anotemos que en esta discusión, sostenida con muchos argumentos aún vacilantes (H. O. Schild, B. Beliau, H. Dale, G. L. Brown, etc.), E. J. Ariëns es el que se acerca más a nuestro punto de vista, hablando de la «inducción». «Los receptores específicos para las sustancias simpatomiméticas son aquellas moléculas específicas, o complejos moleculares, o partes de éstos, cuya interacción con las sustancias es necesaria para inducir sus efectos. Los receptores son caracterizados por las sustancias que ellos son capaces de «recibir» y por los efectos inducidos a través de ellos.» (22, p. 254).

Con menos seguridad podemos intuir el papel que desempeña la serotonina en el cerebro y, por consiguiente, su función instintina. Garattini y Valzelli (26) se pronuncian con reserva en cuanto a la evidencia de este papel, indicando que la serotonina está localizada solamente en el tronco cerebral. Brodie y Costa subrayan en su excelente estudio (26) las dificultades que se oponen a la directa investigación de las aminas cerebrales, entre muchas otras sugerencias de gran importancia. Ajuriaguerra (26), partiendo ya de la clínica, está convencido de que, siguiendo el sistema de Brodie, podemos concluir que siendo las catecolaminas mediadoras del sistema ergotropo (Hess), la serotonina ejercería una acción trofotropa.

En todas estas febriles investigaciones de los bioquímicos, fisiólogos, farmacólogos y terapeutas, al orectólogo le interesan profundamente unos puntos esenciales, referentes al esquema oréctico del acto. En primer lugar las cuestiones siguientes:

1) ¿Cuáles son las sustancias que, por lo menos en cuanto a la composición del comportamiento consciente, pueden ser calificadas como inmediatamente responsables de la inducción al comportamiento adecuado analizable, es decir, las que podrían ser calificadas como instintinas?

2) ¿Se puede aclarar frente a la función inductora de las instintinas el punto (sitio-momento) egotino, es decir, aquella presentación química de las necesidades-desequilibrios que las desencadenan (release) hacia la satisfacción de estas necesidades? (la frontera ego-instinto).

3) ¿Se puede fijar aquel punto en la elaboración progresiva del estímulo que se encamina hacia el acto, en que una instintina actúa ya como autónoma, final e imprescindiblemente inductora al acto, convirtiéndose en un factor del comportamiento a base de sus precursores químicos? O bien, formulándolo de otra manera: nos interesa el punto en que una instintina actúa como el último inductor de un comportamiento típico de la especie en la distribución cerebral (DC), es decir, ya como precursora de nada.

Si este papel se aclarara también bioquímicamente, al menos para los actos conscientes, podríamos concluir sobre él también en el nivel celular. Para los que creen en la unidad del organismo y en métodos iguales de su comportamiento en todos los niveles, tal analogía entre el acto consciente y subconsciente es completamente lícita.

Si los químicos accediesen a tales puntos de vista en el modo de pensar sobre el comportamiento total del organismo, y con esto a una visión común a ambos campos de investigación (bioquímica y orectológica), la interpretación del comportamiento de la célula y la del organismo total empezaría a constituirse en un puente hacia un concepto único sobre el acontecer interior. Tal necesidad se revela cada día más como urgentísima. Un ejemplo tajante: en el Symposium sobre los mecanismos adrenérgicos (22) surgió la necesidad de una definición de la noción de «receptor». La discusión entablada con este motivo deja al lector con suma perplejidad en cuanto a lo poco clara que es esta noción entre los químicos. No se puede hacer bioquímica sin tener conceptos generales, teóricos, sobre el acontecer interior. Sin estos conceptos la bioquímica es solamente química. Estamos completamente de acuerdo con las muy oportunas observaciones de Brodie y Costa (26) sobre la necesidad urgente de allanar las «diferencias semánticas» entre varias disciplinas que escudriñan este acontecer interior: «El uso de palabras que no tienen un significado comúnmente aceptado o no lo bastante definido puede conducir a experimentos inadecuadamente ejecutados y a una interpretación errónea de los data.» Y esto no se puede referir tan sólo a las diferencias entre los microbiólogos y los bioquímicos, sino a todas las disciplinas que tratan del acontecer interior. Nosotros deploramos estas lagunas sobre todo en la semántica entre la bioquímica y la psicología, en nuestro punto de vista totalmente innecesarias y contraproducentes.

En conclusión: sobre el papel de las instintinas en general opinamos que una gran parte del comportamiento, mejor dicho, cualquier acto consciente o subconsciente, típico de la especie, y con esto el sobrevivir adecuado del individuo, no sería posible sin la activación constante de tales sustancias instintinas. Todo comportamiento depende de la propagación y de la elaboración sucesiva, de orectón a orectón, del estímulo. Este dinamismo no es posible sin estas sustancias activantes o inhibitorias. Por esto propongo llamar instintinas a aquellas sustancias cuyo propósito biósico (Sherrington) es la propagación de nivel a nivel de los estímulos exógenos y endógenos, suministrando la energía inductora que se precisa para su elaboración mediata o final en actos de auto-realización, con el fin de satisfacer las necesidades y mantener y desarrollar la forma del organismo a través de los procesos de la orientación vital (orécticos).

De esta definición se desprende, entre otras cosas, que nosotros no juzgamos necesario distinguir entre el comportamiento instintual y no instintual que preconizan Tinbergen, Lorenz, Viaud, etc., ya que pensamos que todo el comportamiento es instintual, es decir, su elaboración requiere la presencia del factor I. El mecanismo de las instintinas en función es de complejidad extrema. No basta con estudiar sus precursores, sino que hay que dedicarse a la exploración de las demás condiciones que hacen posible su release y su destrucción después del acto, sus caminos a través de la membrana sináptica. Aquí entran sobre todo los balances dinastásicos de los electrolitos, toda una serie de ellos, y los enzimas. La posibilidad de la inducción al acto por parte de las instintinas depende mucho, entre otras cosas, de los procesos oscilatorios del natrio y potasio extra e intra-celular, y del papel del calcio, magnesio, etc., relacionado con el desencadenamiento de las instintinas. Una bella visión de tal conjunto en la membrana celular puede encontrarse en un reciente trabajo de Coirault (24) y en la «Fisiología» de Laborit (26).

Hasta aquí, en resumen, por lo que se refiere al factor instinto (I).

La definición del factor C no nos causa grandes problemas: todo lo que es o puede ser un estímulo exógeno suficiente (la sensibilia en general, como dice B. Russell) pertenece a este factor, cósmico (físico) o social.

El factor ego (E), en cambio, es más discutido. Los freudianos, que lo manejan con tanta frecuencia, han quedado en deuda con una definición válida. Partiendo desde el punto de vista de que esta compleja organización abarca todo lo que es individual, es decir, ontogénico, en el organismo (Ho = herencia ontogénica), hemos indicado ya que a ella pertenecen los dejes y las medidas ontogénicas de la estructura; la memoria individualizada (M) y el sistema de balances (B). Las necesidades individuales y subjetivas del organismo no se pueden presentar sin la intervención de esta organización tripartita del ego. Propongo, pues —sin volver aquí a entrar en los detalles de la materia—, la siguiente definición del ego: «Necesidades del organismo, determinadas en cada sitio-momento de éste por la medida ontogénica de la estructura (Ho), por la capacidad de la memoria individualizada (M) y por la actual posición de los equilibrios y desequilibrios del sistema de balances, responsable en todos los niveles del organismo del mantenimiento y desarrollo de la forma del organismo». O, en una forma más abreviada: el sitio-momento oscilatorio de las necesidades individuales y subjetivas [2].

La estructura filogenética (Hf) parece a primera vista una noción fácil. La definiríamos como suma de todos los dispositivos innatos y heredados, de forma relativamente fija, evolucionalmente acabados y típicos de la especie, que determinan la forma del organismo en sus partes y en conjunto. Cualquier receptor, un cromosoma, una dendrita, el corazón o el hígado. Sin embargo, dos grandes problemas nos acechan desde el fondo de esta definición. El primero es el misterio de la morfogénesis; el segundo es la relación entre la estructura y la función, cosas cuya difícil interpretación tenemos que dejar para otra ocasión, indicando aquí tan sólo el problema en sus líneas generales.

Mientras pensamos anatómicamente, la forma y la estructura parecen coincidir: el pensar fisiológico añade a nuestros conceptos las funciones de la totalidad cuando observamos las partes. Pero al bajar mas profundamente a la físico-química y, sobre todo, cuando nos fijamos en el eterno cambio de lo que podemos llamar forma y estructura, o forma-estructura, el distingo se hace difícil. Y se interpone el escepticismo de si podemos identificar estas dos cosas biológicamente. La forma parece ser un principio superior a la estructura, y en este caso es preciso separarlas. La forma por sí misma, como problema biológico, es aún una cuestión del futuro: la morfología y la morfogénesis son problemas que, dado el estado actual de la ciencia, no han podido ser enfocados con acierto (10).

En un sentido muy restrictivo y más bien ad usum delphini, reduciremos este gran problema a cierta descripción de la estructura. En ella, el eterno cambio al nivel atómico no cesa; el metabolismo de la materia hierve continuamente dentro de las estructuras, que sólo para nuestro percibir doméstico y grueso han adquirido el carácter de formas evolucionalmente fijas, al menos para nuestros sentidos. Los billones y trillones de átomos de las formas gruesas que llamamos huesos o células son hormigueros invisibles con un dinamismo cuyo orden se nos escapa completamente. La estructura vibra y se disuelve, y a pesar de esto podemos darnos cuenta de cierta invariancia y finalidad de la forma a la cual obedece este dinamismo interior. Quedándonos al nivel del metabolismo, podríamos quizá llamar estructura a lo que vuelve, después del proceso metabólico, al estado de su habitual organización típica y específica, a aquella forma en la cual puede cumplir con su papel particular relacionado con la totalidad del organismo. Entre los precursores químicos de esta rehabilitación habitual y el estado final «fijo» hay una tendencia segura de afinidades propia de los componentes, cuya acción tiende (¡otra vez el oregw!), a través de la heterogeneidad y de los antagonismos, hacia el mantenimiento de la forma reiterante y hacia su duración funcional.

Así, en el proceso metabólico, considerado como comportamiento, la desasimilación de los ingredientes es la fase de la presentación de necesidades, un proceso egotino, frente al deseado producto final. Una vez acabada la asimilación, después de muchas intervenciones del factor I y de la suborexis de muchos suborectones, la estructura sería rehabilitada, auto-realizada, en la cual los pre-productos están de momento sintetizados irreductiblemente, al menos para una cierta duración funcional.

La vida exige siempre formas para manifestarse, lo cual parece ser una ley inmanente de nuestros receptores: no podemos percibir nada que no tenga forma. Es una tentación de las más serias, la de tener que añadir a los cuatro factores mencionados en nuestro sistema, un quinto, el de la Forma (F). Es evidente que la forma es un gran «feed-back» de la orientación vital. A su servicio está todo, en la última línea.

Pero como no tenemos ni la menor idea de si, en el organismo, la Forma tiene medios de estimulación propia, no podemos tratarla como un factor observable en su función; tenemos que contentarnos con los cuatro que usamos y que por cierto disponen de tal estimulación y son, además, más fácilmente definibles.

4

La orexis tiene dos dimensiones. Una se presenta a nuestra observación cuando analizamos los cuatro factores en un orectón. Esta es la orexis básica o factorial. Los factores pueden analizarse sólo a través de la manifestación del orectón, ya que nunca se presentan separados en el organismo vivo. Esta es una de las causas del fracaso de las matemáticas en la biología. Los factores son interdependientes, y hay que inventar primero el método de una matemática bio-relativista, aplicable a los fenómenos subjetivos, y después se podrá proceder a su medición y a las fórmulas abreviadas de eventos de tal índole.

La futura orectología necesitará quizá términos como instintón (I), que podría ser la cantidad de energía hórmica necesaria para que la función del orectón de propagar el impulso se lleve a cabo; o el término de peritón (C), para determinar con este fin las energías circunstanciales; el egotón (E) sería utilizable para expresar la intensidad de las necesidades en fórmulas fisio-químicas; y el filetón (Hf) podría indicar las condiciones atómicas de la estructura. El egotón se descompondría en los coeficientes del ontotón (Ho) para las indicaciones diferenciales entre lo filogenético y lo ontogenético; en mnemotón (M) para la proyección mnésica, y en una serie de equitones (B) que atañerían a los eventuales cálculos de los equilibrios-desequilibrios en la presentación de las necesidades. Pero el campo (field) de este juego deberá ser esta microunidad dinámica que es el orectón, la célula activada por la estimulación extracelular, excitada, emocionada, la que no está en repos, y en la cual la preconstelación I, C, E, Hf ha sido alterada por la nueva estimulación. Es probable que con esta unidad suceda en el futuro algo análogo a lo que ocurre con la célula, que adquiere más «elementos» a medida que nuestros microscopios electrónicos obtienen mas vista para el paso hacia el interior; o algo que en nuestros días sucede con el átomo, cuyos «elementos» se cuentan ya por docenas. El microcosmos ha abierto sus continentes a la observación progresiva, pero las matemáticas macrocósmicas no son aptas para su conocimiento. Pero cualquiera que fuere el progreso microbiológico de nuestro conocimiento de la célula, los cuatro factores podrán siempre discernirse como esquema general de su comportamiento. La semántica oréctica (el significado de los hechos) y su biología (los procesos) concuerdan. La comprensión de los seres vivos siempre se verá como satisfacción (I) de sus necesidades (E) en su oscilación a través del espacio de la estructura (Hf), en un momento (tiempo) circunstancial (C). Nuestros factores son reales.

La otra dimensión de la orexis es la orexis fásica, es decir, cuando miramos la función de los factores y de su integración a través de las fases consecutivas de la elaboración del estímulo en su camino de orectón a orectón. Ponteando la terminología de la psicología clásica y la nueva, oréctica, aún nos parece que podemos mantener aquélla línea que empieza con la fase de la cognición (c), sigue con la de la emoción valorativa (e), llega a la fase volitiva (v), para verterse en el acto consumatorio (a) y acabar en el tonus reactivo (t), es decir, en el sentir del organismo de si la previa elaboración era algo agradable o desagradable. La línea c-e-v-a-t es una línea general de nuestra lógica, y es un buen auxiliar, cualquiera que sea la teoría del acontecer interior. No obstante, desde el punto de vista oréctico, ciertas reservas se imponen a esta visión hasta ahora bastante mecánica.

Nos limitaremos a acentuar estas reservas tan sólo en la fase de la cognición. Y pronunciaremos una completa heterodoxia —de esto estamos convencidos— al afirmar que en la cognición, como en todas las demás fases, también hay emoción, ya que no podemos ni siquiera recibir el estímulo sin la movilización de los cuatro factores en el receptor. Esto está en contradicción con toda clase de racionalismo tradicional fisicista, mecanicista, cibernético, etc. Pero la cognición no es otra cosa que el primer efecto (o serie de primeros efectos) que un estímulo, exógeno o endógeno, ejerce sobre una constelación I, C, E, Hf anterior a él en un receptor, iniciando la necesidad de una nueva orientación vital. Así, cognición exógena significa la conversión de los estímulos físico-químicos, que llegan al receptor como ondas o partículas, en signos biósicamente articulados, ya sea en subsensaciones (cognición subconsciente), sensaciones o representaciones (cognición consciente). La llegada de un estímulo al receptor altera la constelación I, C, E, Hf anterior, su equilibrio standard capacitativo o, como se suele decir, su reposo. Con esta alteración empieza ya la función de la orexis cognoscitiva (la sub orexis).

Y para que el estímulo se elabore y se propague hacia el orectón siguiente se precisa la movilización correspondiente de los cuatro factores, y esto en cualquier nivel del organismo. Cuando, por ejemplo, un estímulo exógeno C cae en el receptor-bastoncito del ojo, se altera allí (excitación escotópica) la posición de la rodopsina (púrpura retiniana) y se produce una descomposición de la molécula, lo que quiere decir un desequilibrio, una necesidad, que revela la presencia del factor E dinastásico. Para comunicar esta necesidad a los centros sucesivos es preciso que una instintina (sustancia hórmica) —el factor I— la transmita de este suborectón primario al segundo, etc. La química de este cambio en la rodopsina es conocida, pero todavía estamos conjeturando acerca de la instintina inductora-transmisora. Es posible que este papel le incumba a la vitamina A, allí presente.

El modo oréctico de pensar en el problema de la delimitación lógica, o en el de la interrelación fisiológica, entre la estructura y el ego del nivel suboréctico, nos conduce a la conclusión de que, por ejemplo, la membrana celular, suponiendo que es un dispositivo típico de toda clase de células, pertenece al factor Hf. La constitución de la membrana dependerá, pues, del metabolismo de las materias que la componen en sí. Pero su funcionalidad no dependerá tan sólo de este metabolismo (que viene, digamos, de abajo, del nivel «indeterministe», como diría Laborit (26), ni su forma normal estará sólo constituida por el metabolismo de las materias componentes. Dependerá también de la presencia de los electrolitos, tales como el natrio y el potasio, que también pertenecen a la organización de la estructura. Sin embargo, el balance entre estos dos (y otros) electrolitos, la medida de su relación mutua en cualquier sitio-momento de las vivencias, la proporción actual Na:K en la función de la polarización-despolarización, fijable por la observación, pertenecerá al factor E (ego), por evidenciar la medida ontogenética de tales equilibrios-desequilibrios dinastásicos y funcionales en cuanto al comportamiento de la neurona. De tal preparación Hf/E dependerá en cualquier sitio-momento la activación de las instintinas (acetil-colina, noradrenalina, etc.), porque la permeabilidad de la membrana, su constitución metabólica estructural, el balance egotino Na:K condicionarán el paso de las instintinas, inductoras del comportamiento a través de la membrana. Con esto ya tenemos el esquema integrativo de los factores Hf, E, I al nivel celular. El factor C será constituido o por un estímulo exógeno fuera del organismo, o por cualquier influencia endógena de otra célula.

Insistimos, pues, en que la fase cognoscitiva es también oréctica y requiere la presencia y la integración de los cuatro factores.

El primario sentir en la célula es «sentir» tan sólo en el momento en que los cuatro factores de este nivel se integran, produciendo la suborexis. Semejantes procesos, dentro de sus respectivos suborectones, ocurrirán también en la fase valorativa, volitiva, del acto y del tonus, siempre de orectón a orectón. Y si el estímulo llega a convertirse en una sensación consciente, el mismo proceso abrirá también el estado que llamamos de vigilia o de concienciación.

Como dijo ya el gran precursor de la teoría oréctica, von Monakow (3), incluso la célula «siente». Y si siente, lo hace a base de las operaciones de los cuatro factores, y de una manera cualitativamente igual en todas las fases orécticas, en la cognición, en la emoción valorativa, en la volición, en el acto y en el tonus. El orectón cognoscitivo es, en su nivel y grado, también una categoría del sentir.

El esquema de la orexis fásica se presenta, pues, de la manera siguiente:

 
ESQUEMA DE LA OREXIS FÁSICA
S (estímulo) ¾¾¾¾¾¾¾¾¾¾¾¾ V (valoración) ¾¾¾¾¾¾ R (reacción)
Nivel subconsciente c (cognición) e(valorativo-emocional) v(volición) a(acto) t(tonus)
Suborexis C C C C C
Suborectón I E ® I E ® I E ® I E ® I E
Subsensación Hf Hf Hf Hf Hf
Subemoción Excitación suborectón cognoscitivo suborectón valor.-emocional suborectón volitivo suborectón del acto suborectón del tonus

Comportamiento parcial del organismo

El resultado de la elaboración oréctica se transmite (eventualmente) de suborectón a suborectón hacia la emergencia-urgencia consciente.
Nivel consciente: Conscienciación
Orexis C C C C C
Orectón I E ® I E ® I E ® I E ® I E
Sensación Representación Hf Hf Hf Hf Hf
Emoción orectón cognoscitivo orectón valor.-emocional orectón volitivo orectón del acto orectón del tonus

Comportamiento total del organismo

El organismo empieza a experimentar, a sentir, a excitarse, a emocionarse subjetivamente ya con la llegada del estímulo, ya con la cognición. Esto nos permite la hipótesis de que la excitación y la emoción son procesos biológicamente idénticos.

Con esta teoría, el sentir y lo subjetivo se acercan y empiezan a prestarse más al análisis y a la definición, lo que, en cuanto a la noción de lo «subjetivo», era hasta ahora casi imposible. Cuando es vivo, el virus también tiene que orientarse subjetivamente, es decir, sintiendo. Cuando es cristal, puede renunciar al sentir y a la orientación subjetiva. Cómo se produce esta renuncia a ser excitado, y por qué se hace en él esta desensibilización, es asunto de aquel puente misterioso entre lo orgánico y lo inorgánico, por el cual la ciencia todavía no ha pasado.

Habiendo expuesto en breves líneas nuestra hipótesis oréctica, definido los factores y mencionado las dos dimensiones de la orexis, nuestra definición de la emoción se presenta en la forma siguiente: el proceso básico de la orientación vital subjetiva del organismo, cualitativamente idéntico en todos sus niveles, mediante el cual las energías instintuales (I), estimuladas por las necesidades (E) y por las circunstancias cósmicas y/o sociales (C), se transforman, a través de la integración mutua dentro de la. estructura filogenética (Hf), en inductores hacia los actos de comportamiento, en ejecución del esfuerzo valorativo hacia el sobrevivir, con el propósito de mantener y desarrollar la forma del organismo típica de la especie y de afirmar los intentos individuales y personales de sobrevivir adecuadamente.

En una forma abreviada, la emoción (el sentir, el sentimiento, el afecto, la excitación) sería el esfuerzo valorativo hacia el sobrevivir, ejecutado por el organismo entre las presiones de los factores endógenos y exógenos, o bien su liberación de tal esfuerzo (patior).

5

«Le sentiment engendre l'idée ou l'hypothèse experimentale, c'est-à-dire l'interprétation anticipée des phénomènes de la nature».
CLAUDE BERNARD

La teoría oréctica no es una literatura verbal, ni una filosofía intuicionista: nadie podrá negar la realidad de los factores de los que esta teoría se sirve, puesto que es una realidad biológica.

Confesamos que estos factores no son elementos últimos, sino fenómenos de mucha complejidad. Estamos lejos de poder descomponer el organismo en puros elementos del espacio y del tiempo, y dudamos de que esto ocurra jamás. Sin embargo, es preciso en la investigación futura homologar aún más, buscar en todos los fenómenos interiores su pertenecer exacto a uno o a otro de los factores mencionados. Mientras tanto podemos operar, al menos en la psicología, con estas categorías gruesas y complejas.

Prestando tanta atención al proceso emocional-valorativo, identificándolo con el proceso de la orientación vital tout court, nuestra teoría parece exponerse al reproche de que quiera sustituir toda la psicología por la orectología. No estaría mal revisar las contradicciones que abarca el término «psicología», que evidentemente no es ya la ciencia de la «psyche», ni éste es un término definible. Tampoco estaría mal establecer en esta conexión el dominio de la psicología o de la orectología frente a otras ciencias endoantropológicas, tales como la fisiología o la neurología, etcétera. Por cierto, insistiendo en la inseparabilidad de lo afectivo y de lo «orgánico»; la teoría oréctica no reduce este dominio, sino que más bien lo ensancha.

Si la teoría oréctica es válida, impondrá en la visión endo-antropológica también otras implicaciones, además de las anteriormente mencionadas. Una de ellas es que lo que hasta ahora se consideraba como proceso racional por antonomasia, la comprensión de las conexiones entre cosas y cosas, cosas e ideas, ideas e ideas, es también una categoría oréctica, afectiva. Nuestra teoría concluye que no podemos pensar, es decir, valorar, operar con signos, símbolos e ideas si esta operación no está encauzada en la emoción de la comprensión. El razonamiento, el enjuiciamiento, la conclusión lógica son siempre valoraciones de la utilidad vital, dentro de la orexis de la comprensión. Esto significa, entre otras cosas, que las categorías clásicas de la «razón» y de la «emoción» no son antitéticas, sino, al contrario, inseparables y complementarias. Podemos orientarnos en la vida sin pensar articuladamente (el pensar preverbal, crudo, unbenanntes Denken, thoughtless thought), pero no podemos orientarnos sin sentir, ni podemos pensar articuladamente sin la base emocional, ni siquiera en las matemáticas. Russell subraya el papel secundario de la razón, y Einstein es tajante cuando dice que la «búsqueda (científica) de la verdad es primariamente gefühlsmassig» y que «la formulación racional viene después».

Resumiendo, podríamos anotar de la manera siguiente las principales consecuencias que se desprenden de la teoría oréctica:

A. Enfoque endoantropológico.

a) todo comportamiento humano es debido a la integración de cuatro factores básicos, instintos (I), circunstancias (C), ego (E), estructura (Hf). Tal integración ocurre en todos los niveles del organismo vivo. Tanto el comportamiento de la célula como el del conjunto del organismo son analizables y comprensibles a base de estos (cuatro) factores. Su esquema de integración obedece al mismo método biósico, a los niveles subconscientes como a los conscientes;

b) el papel de los instintos (I) es, fundamentalmente, el de satisfacer las necesidades individuales y subjetivas (E) del organismo; el papel de la estructura (Hf) es el de conservar y capacitar los dispositivos heredados del género; el de las circunstancias cósmicas y sociales (C), condicionar la sobrevivencia de este último por fuera. La activación continua y adecuada de los factores endógenos (I, E, Hf) y exógenos (C) sirve para el mantenimiento y desarrollo de la forma del organismo, impuesta como tal por la evolución a todos los géneros vivos y a su organización heredada e innata;

c) los cuatro factores están presentes en cada célula que compone su forma dinámicamente equilibrada por el balance standard oscilatorio (dinastasis) en el estado pre-adaptativo del organismo; cuando desde cualquiera de ellos se rompe el equilibrio standard («reposo»), la célula se activa hacia el comportamiento (praxia), mantenedor de la forma, produciéndose el proceso de orientación vital (del sobrevivir), que es llamado excitación, al nivel subconsciente, emoción al nivel consciente. Ambos procesos son biósicamente idénticos y componen la orexis de la célula activada (célula activada = orectón);

d) el proceso de la orientación vital es oréctico, es decir, oscilación del sentir subjetivo e individual, cuyo análisis científico cabe dentro del esquema general de la estimulación-valoración-reacción (SVR); la valoración existe tanto al nivel subconsciente (suborexis) como al nivel consciente (megaorexis); ella va siempre hacia el optimum o el preferendum del organismo y se lleva a cabo mediante esfuerzo y tensión (patior);

e) los cuatro factores son sistemas compuestos, jerárquicamente organizados, y no elementales; su esquema grueso, de síntesis, sirve para el análisis y la comprensión del comportamiento del conjunto del organismo del que se ocupa la psicología (== orectología); esto no excluye la necesidad de su análisis bioquímico y biofísico (genético) al nivel molecular y atómico;

f) el concepto oréctico permite el análisis diferencial de todas las variaciones del sentir y de su motivación;

g) el concepto oréctico demuestra la unidad del organismo y elimina el dualismo erróneo del «cuerpo-alma», «materia-espíritu», «orgánico-psíquico», «somático-mental», insistiendo en que todas las manifestaciones del comportamiento —incluidas memoria, imaginación, ideación— obedecen al método idéntico de la integración interfactorial cuatripartita;

h) aun siendo esquemas gruesos y de síntesis, cada uno de los cuatro factores tiene una estimulación propia, específica, autónoma y diferenciable; la homogeneidad conceptual de cualquiera de ellos está basada en la capacidad de tal autonomía estimulativa; en cambio, lo «mental» y lo «orgánico» no son discernibles a base de estimulación separable.

B. Enfoque metódico.

a) siendo la orexis en todas sus manifestaciones subjetivas (subsensación, sensación, representación) variación dinámica de los cuatro factores, y reuniendo bajo un denominador común a todos los procesos valorativos del sentir (excitación, emoción, sentimiento y sus subdivisiones), el concepto oréctico no admite la separación de lo afectivo y de lo estructural, mantenida hasta ahora como consecuencia del erróneo concepto dualista;

b) el concepto de la orexis, diferenciando entre las emociones positivas —que promueven el mantenimiento y el desarrollo de la forma del organismo— y las negativas, que no conducen a ello, elimina de la endoantropología la idea de que la emoción es por sí misma un estorbo de la orientación vital o signo de ésta en cualquiera de los casos;

c) la teoría oréctica elimina de la endoantropología la idea de que la parte de la valoración «racional» consciente y la emoción son contrapuestas, demostrando que no hay valoración racional sin base emocional y que en su mayor parte el comportamiento, adecuado o no, se compone del sentir, sin necesidad de acudir siempre al razonamiento, dando a éste un sitio secundario y auxiliar en la orientación vital;

d) el concepto oréctico insiste en que todas las orientaciones vitales conscientes son tan sólo una prolongación de la suborexis previa subconsciente e imposibles sin ésta;

e) el concepto oréctico supone que la activación de un estímulo hacia el acto se hace de orectón a orectón en grados y niveles sucesivos, y que el orectón es la unidad operacional de todo el comportamiento;

f) la teoría oréctica permite un escalón más hacia el análisis y, eventualmente, hacia le definición de lo subjetivo; y

g) demuestra que las fases de la composición del comportamiento, la recepción cognoscitiva (c) del estímulo, su valoración emocional (e), la fase volitiva (v) y la del acto (a), así como la de su repercusión en todo el organismo (tonus, t), son lógicamente analizables como pasos progresivos en la elaboración del estímulo, pero que cada una de ellas es también un proceso oréctico y no mecánico.

C. Las consecuencias principales del concepto oréctico en otros campos.

a) en la educación: no podemos educar si sólo intentamos cambiar el razonamiento (valoración ideativa consciente) sin cambiar y acondicionar el sentir;

b) en la filosofía: no podemos pensar sin sentir y debemos revisar la teoría del conocimiento, partiendo de los criterios de la orexis;

c) en la lógica: la noción de la verdad no puede ser definida sin previo análisis del sentir;

d) en la historiografía: el acontecer histórico depende de la acumulación de los sentimientos positivos o negativos en los hacedores de la historia; la motivación del acontecer histórico impone una historiografía de los cuatro factores;

e) en la moral y en la religión: las normas racionales no bastan para el aprendizaje social del hombre; éste tiene que ir acompañado de métodos de la autognosia y de la heterognosia oréctica con el fin de evitar al otro el mal innecesario por la propia iniciativa de cada uno;

f) en la sociología: la eficacia de las reformas sociales dependen del condicionamiento continuo de los sentimientos positivos y negativos en los grupos de presión;

g) en la criminología: la sociedad es más responsable del

crimen individual de lo que las leyes actuales admiten;

h) en la política: la salvación de la destrucción nuclear u otra semejante dependen de un mayor conocimiento del hombre desde dentro;

i) en el punto de la civilización: la solución de la crisis actual de ésta depende de la interiorización del hombre frente al pasado de la exteriorización.

D. Repercusiones principales de la teoría oréctica en la patología.

a) la patogénesis se debe al estorbo funcional de cualquiera de los cuatro factores;

b) estando siempre co-presentes los cuatro, un factor estorbado repercute necesariamente en los demás factores;

c) el estorbo visible de un factor no se puede estudiar sin tomar en consideración la constelación interfactorial (oréctica);

d) la patología del organismo humano estudia los estorbos en el funcionamiento de cada uno de los factores (instintinología patógena, egología patógena, ecología patógena, la estructura patógena, pato-orexis factorial) y de su integración;

e) la pato-orexis factorial se complementa por el estudio de la pato-orexis fásica con el propósito de averiguar la fase (cognoscitiva, emocional-valorativa, del acto y del tonus), en la cual la propagación normal del estímulo sufre algún estorbo;

f) el estudio de la patogénesis parte del estudio de la normalidad oréctica y de su endograma;

g) todo estorbo de la orexis en cualquier sitio del organismo repercute en todo el organismo; pero

h) no todo estorbo de la orexis en cualquier sitio del organismo provoca la desorientación vital (= imposibilidad de componer comportamientos aún normales en el conjunto del organismo); y por esto

i) no hay que patologizar los comportamientos que aún tienen el carácter de normales.

En la terapéutica:

a) toda medicina es oréctica, siendo lo afectivo idéntico al proceso vital de la activación del organismo; por lo tanto el adjetivo «psico-somática» en la medicina es superfluo;

b) la farmacología no puede ser eficaz si los efectos de los fármacos visan tan sólo hacia un factor, sin tomar en cuenta su repercusión en la orectogénesis de los demás factores;

c) toda sintomatología patógena en el enfermo debe establecerse a base del estudio de cada uno de los factores (endograma básico) y de los estorbos de la fase de la orexis (endograma fásico);

d) la sanidad preventiva debe enfocarse con el propósito de restringir el aumento de los sentimientos negativos en la sociedad, como esencialmente nosógenos (salud pública).

En las enfermedades de la desorientación vital («psiquiatría»):

a) la clasificación de las enfermedades que provocan la desorientación vital y el comportamiento inadecuado, «anormal», del organismo como conjunto dependen del grado de la orexis estorbada tanto al nivel suboréctico (subconsciente) como al nivel megaoréctico (consciente);

b) ningún síntoma patológico de la desorientación vital puede ser debidamente estudiado sin la enseñanza de la orectología normal: la clínica no puede partir de lo patológico sin una teoría sobre lo normal;

c) la teoría oréctica ofrece criterios nuevos para revisar las definiciones de varias enfermedades específicas frente a una nosología general de la desorientación vital, principalmente por sus conceptos sobre el patior y la autognosia en la vida normal.

E. En la clasificación de las ciencias, la teoría oréctica propone consecuentemente:

a) designar a todas las ciencias que se ocupan de estudiar el hombre visto desde dentro con el nombre de ciencias endoantropológicas (p. e. genética, zoología comparativa, anatomía, fisiología, bioquímica, biofísica, medicina y sus ramificaciones) frente a las que se ocupan del hombre visto por fuera, las exoantropológicas (p. e. arqueología, historia, antropología cultural, climatología, economía, sociología y sus ramificaciones);

b) cambiar progresivamente el término «psicología» por el de «orectología» para evitar la confusión dualista;

c) fijar el terreno de los estudios orectológicos en el del comportamiento del organismo en la orientación vital, resultando su clasificación la siguiente:

Orectología general: ciencia que estudia la motivación del comportamiento;

Orectología básica: ciencia que estudia los factores del comportamiento;

Orectología fásica: ciencia que estudia las fases de la orexis;

Orectología de la orientación vital: la que estudia el comportamiento normal;

Orectología de la desorientación vital: la que estudia el comportamiento anormal;

Orectología especial: la ciencia que estudia cualquier parcela de la orectología.

La orectología humana general o especial, básica o fásica, que estudia el comportamiento de la orientación vital, supone la colaboración de las siguientes ciencias:

Para los factores endógenos:

biología,
zoología comparativa,
anatomía, fisiología, citología,
genética,
biofísica, bioquímica,
con sus subdivisiones y en sus relaciones endoantropológicas;

Para los factores exógenos:

a) cósmico: física, química, cosmología, climatología;
b) social: antropología cultural (historia, sociología institucional, tecnopraxia creadora, artes, religión, filosofía, pedagogía, etc.);
con sus subdivisiones y en sus relaciones endoantropológicas,
La orectología de la desorientación vital requiere además la colaboración de la patología de los factores endógenos (endopatología);
patogenia de las influencias cósmicas y sociales (exopatología);
higiene oréctica;
técnica curativa y rehabilitacional (medicina).

 

Notas:

[1] En la POV, el factor Hf ha sido llamado co-factor general y a veces tan sólo co-pensado en la constelación cuatripartita. Preferimos ahora alinearlo explícitamente con los demás factores.

[2] Véase el capitulo sobre el ego en la POV.

 

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Última actualización:
21/03/06